Aquellas noches de Reyes ...
 

Que linda época del año eran aquellos días de Reyes. Era el momento del año en que uno se daba cuenta si en verdad había hecho bien las cosas, ya que de eso dependería el valor del regalo, y para serles sincero, en esos años no era merecedor de algo muy importante, dado que mi boletín y mi conducta tanto en la escuela como en mi casa, estaban lejos de lo ideal. Pero en fin, eso trataba de revertirlo a partir de Diciembre, haciendo méritos para ser (o parecer) un "buen chico” , siempre dispuesto a ir al almacén, no molestar a los vecinos e incluso evité jugar a la pelota en el patio de mi casa para el beneplácito de las plantas. Ni hablar la noche de reyes, nada de yuyos para los camellos!!!, ... me caminaba como 5 cuadras hasta la placita y me traía el mejor pasto. El agua en un plato limpio y reluciente ... y hasta las zapatillas limpiaba la noche anterior.
Con el tiempo me fui dando cuenta que no existían los Reyes Magos, algo empezaba a sospechar, fue esas noche en la que pedí 2 bicicletas, 1 karting, 1 tren eléctrico y la camisita de River. Esa mañana solo había al lado de mis zapatillas, la camiseta de River y un camión Bedford de Duravit color rojo. mmmm será que me había portado mal ? …. Pero yo no iba a renunciar a recibir un regalo ese día, seguí creyendo en ellos y hasta dupliqué la apuesta dejando el mejor pasto del barrio y en lugar de agua les dejaba Coca Cola para los camellos. Unos años despúes ya grandecito, mi papá me miraba con cara cómplice, él sabía el secreto y yo también, y sin decirnos nada los dos pensamos lo mismo : "hagamos un trato", yo no digo nada y vos tampoco. Así seguimos por unos cuantos años hasta que un día me dio unos pesos y me dijo “ ya estas grande para los autitos” …. entonces, agarré el dinero y me fui a un negocio de ropa “re-canchera” donde me compré mi primer remera la cual estrené ese mismo Sábado en un baile en el colegio Claret. Ese fue mi primer baile y esa era la primer remera que me elegí, lejos mas linda y moderna que aquellas que compraba mi madre al turco del barrio.


Quiero compartir y citar al maestro Alejandro Dolina en algunos párrafos de su libro “Crónicas del Angel Gris” del capítulo “Los Hombres Sensibles, los Refutadores de leyendas y los Reyes Magos”

Alejandro decía de los Reyes Magos …

Los Refutadores de Leyendas cumplen en esos días horarios especiales y desatan una intensa campaña. Naturalmente, tratan de esclarecer a los chicos acerca de la verdadera identidad de los Reyes Magos. Los más desaforados no vacilan en afirmar que estos personajes no existen y que la eventual aparición de juguetes sobre el calzado infantil es el resultado de sigilosas maniobras de los padres, amparados en las sombras de la noche.
Los Hombres Sensibles de Flores, por el contrario, prefieren que los chicos crean en los reyes, en las hadas y en el mundo de los sueños.

Por eso cada vez que se encuentran con un pibe le cuentan que hay ratones que dejan dinero bajo las almohadas si uno les pone un diente. 0 que el hombre de la bolsa se lleva a quienes sienten repugnancia por la sopa. 0 que soplando panaderos se consigue lo que uno quiere. 0 que pisando baldosas rojas se ahuyenta al demonio. 0 que haciendo gancho con los dedos se impide a los perros exonerar sus intestinos.
En la anual discusión de los Reyes Magos, los Hombres Sensibles acusan a los Refutadores de Leyendas de obrar con el único propósito de ahorrarse el regalo. A su turno, los Refutadores declaran que muchos pibes de Flores fingen creer, aun siendo escépticos, al solo efecto de recibir un trencito o una pelota. “Esta infame actitud -dice el profesor Del Moro en su libro- es propia de niños perversos y mezquinos. ¿Qué se puede esperar de quienes venden su inocencia por una bicicleta?”

Muchas personas que se jactan de su dulzura suelen cometer el desatino de intentar la demostración racional del mundo mágico para convencer del todo a los chicos.

Así, cada Navidad, docenas de pajarones se disfrazan de Papá Noel (una ilusión gringa, les garanto). Otros hacen el Rey Mago y hasta llegan a saludar y besar a sus sobrinos para que crean o revienten.

Desde luego, esto no debe extrañamos en un mundo en que la gente cree solamente en lo que se ve y se toca. No comprenden estas personas que es cien veces más verosímil un personaje que no se ve jamás y tiene la apariencia de nuestros sueños, que el chitrulo pintado de negro, que se ha puesto el batón de nuestra abuela, se parece al tío Raúl y huele a cerveza.

Yo no creo que los chicos se traguen esos disfraces. En los tiempos de mi infancia, la tienda Gath & Chaves solía exhibir en sus salones a los Reyes Magos. Yo tenía 5 años, y aunque era bastante pavote, razonaba que se trataba de tres impostores pagados por la tienda. No era posible que quienes provenían del Barrio Celeste anduvieran tomando partido por la prosperidad de una casa de comercio.

Manuel Mandeb, como tantos Hombres Sensibles creía realmente en los Reyes Magos.

Todos los cinco de enero ponía sus zapatones en la ventana de la pieza de la calle Artigas donde vivió muchos años. Jamás le dejaron nada, es cierto. Pero el hombre suponía que esto obedecía a su conducta, no siempre intachable. En los días previos, las viejas del barrio creían notarlo amable y compuesto. Quizá no eran suficientes esos méritos de compromiso. No es fácil engañar a los Reyes.

Muchos de sus amigos sintieron alguna vez la tentación de dejarle algún regalito.

Pero no quisieron engañarlo. Ellos también esperaban con él. Y hacían fuerza para que alguna vez apareciera aunque más no fuera un calzoncillo.

Nunca ocurrió nada, pero la fe de los Hombres Sensibles de Flores no se quiebra fácilmente.

¿Qué virtud encierra creer en lo evidente? Cualquier papanatas es capaz de suscribir que existen las licuadoras y los adoquines. En cambio se necesita cierta estatura para atreverse a creer en lo que no es demostrable y -más aun - en aquello parece oponerse a nuestro juicio. Para lograrlo hay que aprender - como quería Descartes - a desconfiar del propio razonamiento. Por supuesto, en nuestro tiempo cualquier imbécil tiene una confianza en sus opiniones que ya quisiera para sí el filósofo más pintado.

La incredulidad es -según parece- la sabiduría que se permiten los hombres vulgares.

Nosotros resolvimos apostar una vez más por las ilusiones.

Por eso hicimos nuestras cartitas, pusimos nuestros enormes y pringosos zapatos en las ventanas, en los patios y aun en los jardines.

Y el seis de enero recogimos nuestros sencillos regalos y se los mostramos a los vecinos.

-Mire lo que nos trajeron los Reyes.

Algunos Refutadores de Leyendas nos miraban con envidia, silenciosamente.