Pero, desde hace algunos años, varios no tan pibes nos hemos juntado en el Parque Rivadavia en Caballito, a veces en el Chacabuco, y hasta en el Autódromo de Buenos Aires, nuestra máxima “catedral”, para reflotar este juego artesanal y lo estamos logrando.
Casi milagrosamente aparecieron aquellos modelos de plástico soplado como técnicamente se les llama, imperfectos, desproporcionados a veces, y hasta feos les diría, para hacernos volar la imaginación y transportarnos en el tiempo varias décadas atrás.
Entonces empieza la construcción del modelo elegido. El corte en la panza del auto, rellenarlo con lo que sea que le dé más peso, sea plomo, hierro, metales, y asegurar que nada se mueva con masilla o plastilina. Después el infaltable tajito en la parte delantera y a clavarle una cuchara, la que le robábamos a la vieja entonces y que ahora le sustraemos a la mujer de uno o la compramos y así nos evitamos una discusión sin sentido.
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